jueves, 10 de diciembre de 2009

La vida y la alimentación en el mar en la época de los descubrimientos geográficos. Siglos XV y XVI




Uno de los tópicos poco estudiados y de los que no se tiene mucha información en español es cómo vivían y se alimentaban los navegantes durante sus largas travesías en la época de los descubrimientos geográficos en los siglos XV y XVI.

Las historias que conocemos por el cine y la literatura parecen muy románticas, llenas de aventuras de hombres que se hacían a la mar en busca de continentes, tesoros o especias.

No obstante, este romanticismo que podemos ver en películas como Piratas del Caribe, con personajes tan seductores como Johnny Deep u Orlando Bloom, o 1492: la conquista del paraíso, con Gérard Depardieu y dirigida por Ridley Scott, distan mucho de la realidad que debieron haber vivido aquellos temerarios hombres.

La literatura no ha estado exenta de este idílico mundo creado en torno a los navegantes: Emilio Salgari fascinó y dio rienda suelta a la imaginación de algunos que, nacidos en la década de los sesenta, nos hicimos fanáticos de este autor. Cómo olvidar al pirata Sandokán, llamado “El tigre de Malasia” y que se hace pirata al ser destronado por el colonialismo británico; y qué decir del “Corsario Negro”, Emilio de Roccabruna, otro noble que se convierte en navegante, o pirata, para vengar la muerte de su hermano a manos del flamenco Wan Guld, gobernador de Malasia.
Es evidente que el mar ha estado siempre ligado a la aventura y el barco como escenario. Cuando nace el cine, ya no existe la navegación a vela y, sin embargo, el bergantín y el galeón seguirán siendo los barcos por excelencia, que son, precisamente, el territorio de los navegantes y, con ellos, de los abordajes, los motines y la busca de tesoros.

Así fue como Silver, Morgan, el capitán Blood, Drake, Barbarroja y Barbanegra dejaron la historia y pasaron a la literatura; se transformaron en protagonistas de las más emocionantes aventuras desde que en 1598, Lope de Vega, escribiera La Dragoneta, cuyo protagonista no es otro que Sir Francis Drake. Y hasta Miguel de Cervantes, quien vivió la experiencia del cautiverio a manos de los piratas berberiscos, incorporó parte de esta experiencia en algunos de los capítulos del Quijote.

Parece como si muchos acontecimientos hubieran de difuminarse en la historia para poder brotar luego en la literatura. Eso es lo que descubrimos, por ejemplo, en muchas de las historias épicas medievales. Cuando el final de las luchas feudales entre reinos dejaron un día sin papel a aquellos forzados y heroicos guerreros, éstos encontraron en las cruzadas el sentido de su existencia, de ahí pasaron a la ficción de los libros de caballería, poblando historias fantásticas y desmesuradas con las que divertir a refinados cortesanos que ya no guerreaban.

Las aventuras en torno al rey Arturo y sus caballeros de la Mesa Redonda, o las de Amadís de Gaula, se volvían reflejos de una época gloriosa ya pasada que hacía las delicias de unos lectores cultos y refinados, casi nostálgicos de sus glorias antepasadas.

Sin embargo, para comprender y valorar la realidad de los navegantes de los siglos XV y XVI es necesario ubicar el contexto histórico. Era una época en la que se dependía totalmente de la navegación para transportar metales preciosos y otros productos de las Indias a España[1].Pero, además de las crecientes necesidades comerciales, ¿qué motivaba a estos hombres a emprender largos viajes sin la certeza del regreso?, posiblemente la fama, mejorar su estatus económico y social, la aventura o, simplemente, escapar de la prisión.
[1] José Luis Martínez, Cruzar el Atlántico, fce, México, 2004, p. 15.

La vida a bordo


¿Cómo era la vida a bordo de aquellas naves? ¿Cómo se alimentaba a la tripulación? Muchas preguntas más surgen con motivo del tema, sin embargo, me avocaré únicamente a tratar de ofrecer un panorama general acerca de la vida, las enfermedades y la alimentación de estos hombres en el mar en los siglos XV y XVI.

El jefe superior de la tripulación era el capitán o maestre, a menudo dueño o condueño o representante de la nave. Él recibía los pagos de los fletes o servicios prestados y contrataba y pagaba al piloto y a los demás oficiales y tripulantes. Su trabajo se limitaba a indicar el rumbo y dirección general del mando, es decir, no intervenían en la navegación práctica[2].

Cabe suponer que el éxito de un capitán que emprendía tales empresas obedecía a la alimentación y las bebidas que proporcionaba a sus marinos y tripulantes, además de la repartición equitativa de los bienes que obtuvieran en sus andanzas. Sin embargo, los viajes y descubrimientos que caracterizaron “la revolución de las especias”, por ejemplo, tuvieron éxito no gracias a la alimentación de las tripulaciones, sino a pesar de ésta.
[2] Ibíd., p. 17

La alimentación


La alimentación de los tripulantes y de las guarniciones de aquellos climas calurosos, dejaba mucho que desear ya que todas las provisiones de carne debían salarse para conservarlas en los climas cálidos, lo cual requería tratamientos especiales para quitarles la sal antes de consumirlas, en caso contrario provocaban mucha sed. Asimismo, cuando la carne no era sometida a este método, rápidamente entraba en un proceso de descomposición.

Además de la carne, otra de las raciones principales era el pan en forma de galletas “de barco” o buscuits, que no se hacían a bordo, sino en el puerto; en ocasiones las galletas habían sido hechas un año antes, incluso más tiempo, ya que algunas eran elaboradas por la intendencia del gobierno y se daban casos en que tenían hasta 50 años[3].

Las galletas eran tan duras como una piedra lo que producía dolorosas molestias en las mandíbulas de quienes las consumían, es decir, los navegantes. Además, mientras permanecían a la intemperie, antes de ser empaquetadas, o una vez que eran abiertas a bordo de la nave, las galletas eran invadidas por una especie de mosca que ponía sus huevecillos que después se convertían en larvas. En ocasiones, el marino, antes de comerlas, tenía que golpear fuertemente el biscuit contra la mesa para poder quitarle los gorgojos o animales que se habían incrustado en la galleta, aunque no siempre lo lograba[4]. Cuando el hambre llegaba al extremo, algunos hombres llegaron al límite de cazar ratas para comérselas.

Eugenio Salazar refiere que los manteles estaban sucios, el biscocho deshecho y en los toscos platos de madera sólo habían huesos con nervios mal cocidos. Describe también el desorden con que los marineros se sentaban a comer: donde podían y como querían[5].

En el siglo XVI la manera de fabricación de la cerveza no permitía mucho su conservación en un barco. Por otra parte, aunque el agua se almacenaba en barriles y se procuraba mantenerla en áreas templadas, al cabo de pocas semanas ésta se volvía verde y viscosa: se pudría. Cuando había chocolate la mezclaban para disfrazar el mal sabor y el olor nauseabundo.

Todo lo más que se come es corrompido y hediondo, como el mabonto de los negros zapes. Y aun con el agua es menester perder los sentidos del gusto y del olfato y vista por beberla y no sentirla[6].

Un capitán de barco se pasaba gran parte del tiempo buscando sitios donde proveerse de agua. Algunos de los lugares que cobraron mayor importancia entre los navegantes fueron la isla de Santa Elena y el Cabo de Buena Esperanza.
[3] Carlos Augusto Díaz Franco, La historia ilustrada del escorbuto, tesis, Universidad de los Andes, olombia, 2003.
[4] Roberto Ruig, En la época de los descubrimientos, en http://www.chasque.apc.org/frontpage/relacion/0101/mundanalia.htm, consultada el 5 de octubre de 2009.
[5] José Luis Martínez, Cruzar el Atlántico, fce, México, 2004, p. 71.
[6] José Luis Martínez, Cruzar el Atlántico, fce, México, 2004, p. 71.

Las enfermedades




Las tripulaciones de largos viajes padecieron hambrunas, deshidratación y enfermedades por demás terribles para la época, como el escorbuto, la fiebre tifoidea y la sífilis.

Una de las enfermedades que más causaron estragos en los navegantes fue el escorbuto, una enfermedad producida por la falta de vitamina C. A excepción del hombre, casi todos los animales pueden sintetizar esta vitamina.

El escorbuto era una enfermedad que hacía que los marinos perdieran los dientes y se les hincharan las encías, lo que provocaba que no pudieran masticar. Causaba sufrimientos terribles, agravados por la depresión al saber que no existía ningún remedio, que la muerte era inevitable. Las encías se hinchaban de tal forma que los dientes quedaban ocultos en una masa de tumores que producían un hedor insoportable. Para aliviar el sufrimiento había que abrir el tumor y vaciar el líquido negro y fétido de su interior[7].

Una de las características más lamentables de esta enfermedad era que marcaba la diferencia entre el “tener” y el “no tener”. Aquellos que “no tenían” probablemente se morían de escorbuto, mientras contemplaban cómo se mantenían relativamente sanos los que “tenían” sus propias provisiones guardadas en su camarote. […] El escorbuto iba a seguir siendo el gran azote de los navegantes de altura hasta el siglo XVIII, cuando en 1753, un cirujano naval escocés llamado James Lind, después de cuidadosos experimentos, publicó su Tratado sobre el escorbuto. Esta enfermedad se producía por una deficiencia, que se podía curar comiendo naranjas o limones, o bebiendo sus zumos[8].

Entre otras de las enfermedades habituales del marinero existían las de quienes pasaban muchos días a la intemperie, vestían ropas mojadas, comían de forma irregular y a base de salazones, y vivían hacinados, con lo que toda enfermedad contagiosa era compartida, así como las enfermedades trasmitidas por los animales que iban a bordo; las enfermedades artríticas y reumáticas, así como las de los desórdenes originados por ingerir líquidos en malas condiciones de salubridad. El tifus, por ejemplo, atacaba al azar, y lo propagaban gusanos que estaban en los cuerpos de escasa higiene y en ropas y sábanas sucias.

Estaban además todas las enfermedades de transmisión sexual, contraídas a bordo o en las escalas: la sífilis, por ejemplo, es posible se haya originado en América y fue transmitida por el indígena al hombre blanco; a cambio, el conquistador contagió de viruela, sarampión y otras enfermedades a los indios, quienes no tenían defensas.

La sífilis llegó a Europa con el regreso de Colón en 1493. Las curaciones eran difíciles; dejaban al paciente mutilado y, en ocasiones, podía llevar al enfermo a la locura o a la muerte. A principios del siglo XVI este padecimiento llegó a compararse con la peste negra y la iglesia la tachó de castigo divino contra los libidinosos, luego perdió importancia y quedó como una más de las tantas enfermedades habituales[9] .

En caso de enfermedad, el boticario o barbero de a bordo intentaba lo que estaba en sus manos, y en su conocimiento; aplicaba los remedios o ungüentos con los que contaba. Si los enfermos llegaban a las ciudades de las Indias, apenas si había hospitales o médicos.

El cronista y conquistador español Bernal Díaz del Castillo, escribió:

Con el aire que le dio al Garay, que estaba de antes mal dispuesto, le dio dolor de costado con grandes calenturas, mandáronle los médicos sangrar y purgáronle, y desque vieron que arreciaba el mal le dijeron que se confesase y que hiciese testamento[10].

En cuanto a la vida en el barco: la tripulación se acomodaba para dormir donde pudiera, pero pareció haber cierta solución a sus incomodidades cuando conocieron y se apropiaron de la hamaca que utilizaban los indígenas del Caribe. Por lo que se refiere a las necesidades fisiológicas de los tripulantes o el “asunto de descomer”, como le llamó fray Antonio de Guevara:

Todo pasajero que quisiera purgar el vientre y hacer algo de su persona, esle forzoso de ir a las letrinas de proa o arrimarse a una ballestera, y lo que sin vergüenza no se puede decir, ni mucho menos hacer tan públicamente, le han de ver todos asentado en la necesaria como le vieron comer en la mesa[11].

Otra referencia de fray Antonio de Guevara:

Y, si por haber merendado castañas o haber cenado rábanos, al compañero se le soltare algún… ya me entendéis, has de dar cuenta, hermano, que los soñaste y no decir que lo oíste.


Es privilegio de la galera –añade Guevara- que todas las pulgas que salten por las tablas y todos los piojos que se crían en las costuras y todas las chinches que están en los resquicios, sean comunes a todos, anden entre todos y se repartan por todos y se mantengan entre todos[12].

[7] Antonio Francesco Pigafetta, El primer viaje alrededor del mundo: relato de la expedición de Magallanes y Elcano, Ediciones B, Barcelona, 1999, pp. 111-112.

[8] P. T. Bradley, Navegantes británicos, Mapfre, Madrid, 1992.
[9] Gran Enciclopedia del Mundo, Durvan Ediciones, Bilbao, 1970.

[10] Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, vol. II, Dastin, Madrid, 2000.
[11] José Luis Martínez, Cruzar el Atlántico, fce, México, 2004, p. 73.

[12] José Luis Martínez, Cruzar el Atlántico, fce, México, 2004, p. 82.

Conclusiones




Las historias de navegación, de marineros, de piratas, al igual que muchos otros personajes de épocas pasadas han sido fuente de inspiración para el cine y la literatura, información que fue transmitida de la mano de la tradición oral, es decir, boca a boca se fueron difundiendo sus hazañas.

Por otra parte, son muchas las obras de divulgación en torno a la navegación, la conquista del Nuevo Mundo, el Caribe y otros aspectos emparentados directa o indirectamente con el mundo de los piratas. Los estudios especializados o históricos que pueden dar cuenta de cuáles fueron verdaderamente las condiciones en que viajaron los navegantes de los siglos XV y XVI, están dispersos en diarios personales, crónicas o algún aventurado especialista. Otros textos generalmente se refieren a de dónde partieron, a dónde llegaron, las rutas que siguieron, pero no se mencionan amplia y explícitamente las formas de vida, las calamidades tanto de enfermedades como de hambrunas que sufrieron aquellos hombres.

Como mencioné al inicio, ni los tripulantes, ni los viajeros tienen nada que ver con las historias fílmicas y literarias de navegación que conocemos. Es evidente que estos hombres y mujeres que surcaron los mares en aquellos años son verdaderos héroes que les tocó abrir brecha tanto para los descubridores de tierras de entonces, como para el diseño y consolidación naviera de los siglos posteriores.

Fuentes

Fuentes:


Bradley P. T., Navegantes británicos, Mapfre, Madrid, 1992.
Díaz del Castillo Bernal, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, vol. II, Dastin, Madrid, 2000.
Díaz Franco Carlos Augusto, La historia ilustrada del escorbuto, tesis, Universidad de los Andes, Colombia, 2003.
Gran Enciclopedia del Mundo, Durvan Ediciones, Bilbao, 1970.
Martínez José Luis, Cruzar el Atlántico, FCE, México, 2004, p. 15.
Pigafetta Antonio Francesco, El primer viaje alrededor del mundo: relato de la expedición de Magallanes y Elcano, Ediciones B, Barcelona, 1999, pp. 111-112.
Puig Roberto, En la época de los descubrimientos, en http://www.chasque.apc.org/frontpage/relacion/0101/mundanalia.htm, consultada el 5 de octubre de 2009.