jueves, 10 de diciembre de 2009

Las enfermedades




Las tripulaciones de largos viajes padecieron hambrunas, deshidratación y enfermedades por demás terribles para la época, como el escorbuto, la fiebre tifoidea y la sífilis.

Una de las enfermedades que más causaron estragos en los navegantes fue el escorbuto, una enfermedad producida por la falta de vitamina C. A excepción del hombre, casi todos los animales pueden sintetizar esta vitamina.

El escorbuto era una enfermedad que hacía que los marinos perdieran los dientes y se les hincharan las encías, lo que provocaba que no pudieran masticar. Causaba sufrimientos terribles, agravados por la depresión al saber que no existía ningún remedio, que la muerte era inevitable. Las encías se hinchaban de tal forma que los dientes quedaban ocultos en una masa de tumores que producían un hedor insoportable. Para aliviar el sufrimiento había que abrir el tumor y vaciar el líquido negro y fétido de su interior[7].

Una de las características más lamentables de esta enfermedad era que marcaba la diferencia entre el “tener” y el “no tener”. Aquellos que “no tenían” probablemente se morían de escorbuto, mientras contemplaban cómo se mantenían relativamente sanos los que “tenían” sus propias provisiones guardadas en su camarote. […] El escorbuto iba a seguir siendo el gran azote de los navegantes de altura hasta el siglo XVIII, cuando en 1753, un cirujano naval escocés llamado James Lind, después de cuidadosos experimentos, publicó su Tratado sobre el escorbuto. Esta enfermedad se producía por una deficiencia, que se podía curar comiendo naranjas o limones, o bebiendo sus zumos[8].

Entre otras de las enfermedades habituales del marinero existían las de quienes pasaban muchos días a la intemperie, vestían ropas mojadas, comían de forma irregular y a base de salazones, y vivían hacinados, con lo que toda enfermedad contagiosa era compartida, así como las enfermedades trasmitidas por los animales que iban a bordo; las enfermedades artríticas y reumáticas, así como las de los desórdenes originados por ingerir líquidos en malas condiciones de salubridad. El tifus, por ejemplo, atacaba al azar, y lo propagaban gusanos que estaban en los cuerpos de escasa higiene y en ropas y sábanas sucias.

Estaban además todas las enfermedades de transmisión sexual, contraídas a bordo o en las escalas: la sífilis, por ejemplo, es posible se haya originado en América y fue transmitida por el indígena al hombre blanco; a cambio, el conquistador contagió de viruela, sarampión y otras enfermedades a los indios, quienes no tenían defensas.

La sífilis llegó a Europa con el regreso de Colón en 1493. Las curaciones eran difíciles; dejaban al paciente mutilado y, en ocasiones, podía llevar al enfermo a la locura o a la muerte. A principios del siglo XVI este padecimiento llegó a compararse con la peste negra y la iglesia la tachó de castigo divino contra los libidinosos, luego perdió importancia y quedó como una más de las tantas enfermedades habituales[9] .

En caso de enfermedad, el boticario o barbero de a bordo intentaba lo que estaba en sus manos, y en su conocimiento; aplicaba los remedios o ungüentos con los que contaba. Si los enfermos llegaban a las ciudades de las Indias, apenas si había hospitales o médicos.

El cronista y conquistador español Bernal Díaz del Castillo, escribió:

Con el aire que le dio al Garay, que estaba de antes mal dispuesto, le dio dolor de costado con grandes calenturas, mandáronle los médicos sangrar y purgáronle, y desque vieron que arreciaba el mal le dijeron que se confesase y que hiciese testamento[10].

En cuanto a la vida en el barco: la tripulación se acomodaba para dormir donde pudiera, pero pareció haber cierta solución a sus incomodidades cuando conocieron y se apropiaron de la hamaca que utilizaban los indígenas del Caribe. Por lo que se refiere a las necesidades fisiológicas de los tripulantes o el “asunto de descomer”, como le llamó fray Antonio de Guevara:

Todo pasajero que quisiera purgar el vientre y hacer algo de su persona, esle forzoso de ir a las letrinas de proa o arrimarse a una ballestera, y lo que sin vergüenza no se puede decir, ni mucho menos hacer tan públicamente, le han de ver todos asentado en la necesaria como le vieron comer en la mesa[11].

Otra referencia de fray Antonio de Guevara:

Y, si por haber merendado castañas o haber cenado rábanos, al compañero se le soltare algún… ya me entendéis, has de dar cuenta, hermano, que los soñaste y no decir que lo oíste.


Es privilegio de la galera –añade Guevara- que todas las pulgas que salten por las tablas y todos los piojos que se crían en las costuras y todas las chinches que están en los resquicios, sean comunes a todos, anden entre todos y se repartan por todos y se mantengan entre todos[12].

[7] Antonio Francesco Pigafetta, El primer viaje alrededor del mundo: relato de la expedición de Magallanes y Elcano, Ediciones B, Barcelona, 1999, pp. 111-112.

[8] P. T. Bradley, Navegantes británicos, Mapfre, Madrid, 1992.
[9] Gran Enciclopedia del Mundo, Durvan Ediciones, Bilbao, 1970.

[10] Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, vol. II, Dastin, Madrid, 2000.
[11] José Luis Martínez, Cruzar el Atlántico, fce, México, 2004, p. 73.

[12] José Luis Martínez, Cruzar el Atlántico, fce, México, 2004, p. 82.

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