
La alimentación de los tripulantes y de las guarniciones de aquellos climas calurosos, dejaba mucho que desear ya que todas las provisiones de carne debían salarse para conservarlas en los climas cálidos, lo cual requería tratamientos especiales para quitarles la sal antes de consumirlas, en caso contrario provocaban mucha sed. Asimismo, cuando la carne no era sometida a este método, rápidamente entraba en un proceso de descomposición.
Además de la carne, otra de las raciones principales era el pan en forma de galletas “de barco” o buscuits, que no se hacían a bordo, sino en el puerto; en ocasiones las galletas habían sido hechas un año antes, incluso más tiempo, ya que algunas eran elaboradas por la intendencia del gobierno y se daban casos en que tenían hasta 50 años[3].
Las galletas eran tan duras como una piedra lo que producía dolorosas molestias en las mandíbulas de quienes las consumían, es decir, los navegantes. Además, mientras permanecían a la intemperie, antes de ser empaquetadas, o una vez que eran abiertas a bordo de la nave, las galletas eran invadidas por una especie de mosca que ponía sus huevecillos que después se convertían en larvas. En ocasiones, el marino, antes de comerlas, tenía que golpear fuertemente el biscuit contra la mesa para poder quitarle los gorgojos o animales que se habían incrustado en la galleta, aunque no siempre lo lograba[4]. Cuando el hambre llegaba al extremo, algunos hombres llegaron al límite de cazar ratas para comérselas.
Eugenio Salazar refiere que los manteles estaban sucios, el biscocho deshecho y en los toscos platos de madera sólo habían huesos con nervios mal cocidos. Describe también el desorden con que los marineros se sentaban a comer: donde podían y como querían[5].
En el siglo XVI la manera de fabricación de la cerveza no permitía mucho su conservación en un barco. Por otra parte, aunque el agua se almacenaba en barriles y se procuraba mantenerla en áreas templadas, al cabo de pocas semanas ésta se volvía verde y viscosa: se pudría. Cuando había chocolate la mezclaban para disfrazar el mal sabor y el olor nauseabundo.
Todo lo más que se come es corrompido y hediondo, como el mabonto de los negros zapes. Y aun con el agua es menester perder los sentidos del gusto y del olfato y vista por beberla y no sentirla[6].
Un capitán de barco se pasaba gran parte del tiempo buscando sitios donde proveerse de agua. Algunos de los lugares que cobraron mayor importancia entre los navegantes fueron la isla de Santa Elena y el Cabo de Buena Esperanza.
Además de la carne, otra de las raciones principales era el pan en forma de galletas “de barco” o buscuits, que no se hacían a bordo, sino en el puerto; en ocasiones las galletas habían sido hechas un año antes, incluso más tiempo, ya que algunas eran elaboradas por la intendencia del gobierno y se daban casos en que tenían hasta 50 años[3].
Las galletas eran tan duras como una piedra lo que producía dolorosas molestias en las mandíbulas de quienes las consumían, es decir, los navegantes. Además, mientras permanecían a la intemperie, antes de ser empaquetadas, o una vez que eran abiertas a bordo de la nave, las galletas eran invadidas por una especie de mosca que ponía sus huevecillos que después se convertían en larvas. En ocasiones, el marino, antes de comerlas, tenía que golpear fuertemente el biscuit contra la mesa para poder quitarle los gorgojos o animales que se habían incrustado en la galleta, aunque no siempre lo lograba[4]. Cuando el hambre llegaba al extremo, algunos hombres llegaron al límite de cazar ratas para comérselas.
Eugenio Salazar refiere que los manteles estaban sucios, el biscocho deshecho y en los toscos platos de madera sólo habían huesos con nervios mal cocidos. Describe también el desorden con que los marineros se sentaban a comer: donde podían y como querían[5].
En el siglo XVI la manera de fabricación de la cerveza no permitía mucho su conservación en un barco. Por otra parte, aunque el agua se almacenaba en barriles y se procuraba mantenerla en áreas templadas, al cabo de pocas semanas ésta se volvía verde y viscosa: se pudría. Cuando había chocolate la mezclaban para disfrazar el mal sabor y el olor nauseabundo.
Todo lo más que se come es corrompido y hediondo, como el mabonto de los negros zapes. Y aun con el agua es menester perder los sentidos del gusto y del olfato y vista por beberla y no sentirla[6].
Un capitán de barco se pasaba gran parte del tiempo buscando sitios donde proveerse de agua. Algunos de los lugares que cobraron mayor importancia entre los navegantes fueron la isla de Santa Elena y el Cabo de Buena Esperanza.
[3] Carlos Augusto Díaz Franco, La historia ilustrada del escorbuto, tesis, Universidad de los Andes, olombia, 2003.
[4] Roberto Ruig, En la época de los descubrimientos, en http://www.chasque.apc.org/frontpage/relacion/0101/mundanalia.htm, consultada el 5 de octubre de 2009.
[4] Roberto Ruig, En la época de los descubrimientos, en http://www.chasque.apc.org/frontpage/relacion/0101/mundanalia.htm, consultada el 5 de octubre de 2009.
[5] José Luis Martínez, Cruzar el Atlántico, fce, México, 2004, p. 71.
[6] José Luis Martínez, Cruzar el Atlántico, fce, México, 2004, p. 71.
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